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RINCÓN LITÚRGICO #28: LA CELEBRACIÓN DE LA MISA (VII)

 

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El Señor se hace presente entre nosotros; pedimos perdón a Dios; le alabamos con el Gloria; y escuchamos la palabra de Dios y el evangelio.


LA HOMILÍA

Las palabras que el sacerdote pronuncia al terminar la lectura del evangelio, deben explicar, o mejor ,actualizar para nuestra vida las lecturas que hemos escuchado.
No son el centro de la misa, pero demasiadas veces lo percibimos así y algunas personas dirán: “la misa ha estado bien”, o “no me gustado la misa” en función de las palabras del sacerdote. También el sacerdote puede caer en esta tentación y olvidar que la homilía es sólo una parte de la misa, que también tiene que elegir y recitarlas oraciones, la plegaría eucarística y las demás partes de la misa.

Dicho esto no cabe duda de que se trata de una parte importante de la misa. Para muchos de los que asisten, sin fijarse demasiado, junto con las lecturas, la única parte que es distinta de una misa a otra. Sin embargo hay que darse cuenta de que las oraciones (la oración colecta, la oración sobre las ofrendas y la oración final), cambian cada día.

DURACIÓN

De la importancia de la homilía nos habla el hecho de que el Papa Francisco, en su primera
exhortación apostólica “Evangelii gaudium”, ha dedicado más de veinte páginas (de un total de
doscientas) a la homilía, y eso en un escrito que trata de la evangelización, no de la liturgia.
Recientemente también se ha referido a las homilías, pidiendo a los sacerdotes una cuidada
preparación de tal modo que estas no exceda el tiempo que una persona puede mantener la atención sin excesivo esfuerzo.

Sin duda el Papa está pensando en occidente, donde estamos muy habituados a que las noticias y los acontecimientos se sucedan rápidamente y donde prestar atención más de ocho minutos (es lo que propone el Papa) no es habitual. Si tomamos como referencia otras culturas, donde el ritmo es más lento, la homilía puede ser mayor duración.

CONTENIDO

Un tema controvertido es el del contenido de la homilía. La experiencia de muchos fieles es que pueden escuchar una homilía de un sacerdote, y ese mismo día, en otra celebración, otro sacerdote va a decir otra cosa, completamente distinta. 
¿Cómo es posible que unas mismas lecturas, un mismo evangelio, puede llevar a reflexiones tan diferentes?
Hay que tener en cuenta que la homilía no debe ser una clase sobre las lecturas o el evangelio. Si fuera así, probablemente habría más coincidencia en esas homilías.
La homilía debe ayudar, animar a vivir, aquello que nos dicen las lecturas. Dice el Papa Francisco,
que “El predicador necesita también poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles
necesitan escuchar” (E.G. nº 154). Ante distintos oyentes, la homilía también tiene que ser distinta.
Pero es que además, no sólo los oyentes son diversos, sino que cada sacerdote y su manera de entender y explicar el evangelio, va a ser diferente de la de otros sacerdotes. Esto, si sabemos entenderlo, supone una riqueza, la riqueza de la diversidad. La Palabra de Dios está tan
llena de sentidos y significados, que una sola “explicación”, no puede abarcarla toda.

DESVIACIONES
Aun así, podemos encontrar abusos o desviaciones. Las más frecuentes:

- Duración inadecuada de la homilía que hace que la celebración de la misa se centre en ella;
todo lo demás se hace ya un poco deprisa, porque la homilía ha sido muy larga y no se quiere
que la misa dure mucho. No es sólo y principalmente que la homilía sea muy larga y no se
atienda, sino que la celebración no presenta la armonía adecuada, de tal modo que todas las
partes tenga el tiempo que necesitan.

- Tema descentrado, que no coincide con las lecturas o con la fiesta que estamos celebrando. El
sacerdote quiere aprovechar que la gente ha ido a misa, para decir algo que cree que es
necesario. Habría que valorar si eso que se quiere decir y que se considera necesario es mejor
decirlo al final, en los avisos.

- Homilías centradas en temas morales o espirituales. Si duda que en las homilías se nos debe
hablar de cómo hemos de comportarnos y como debe ser nuestra relación con Dios. Pero esto
no debe ser el centro de la homilía, pues corre el peligro de mirarnos mucho a nosotros en
lugar de mirar a Dios. Nos podemos preocupar tanto de que tenemos que hacer, que nos
olvidemos de con quien tenemos que vivir.

- Tener un lenguaje positivo, es decir, proponer más lo que hay que hacer, que lo que no hay
que hacer o esta prohibido (E.G. nº 159).

RINCÓN LITÚRGICO #8. VIVIR LA MISA

La misa de cada domingo es principal en la vida de todo cristiano. 



He aquí algunos consejos para vivirla un poco mejor.

Para que la celebración resulte en aburrimiento, cada vez que vayas a misa, vete con los cinco sentidos bien abiertos. Vas a encontrarte con Jesús; vas a escuchar lo que Él te dice; te vas a comunicar con tu Padre; vas a participar del pan que Dios nos da... 

¡Va a ser un día importante en tu vida! ¡Es una cita singular la que tienes!

 Una misa, bien presidida y bien celebrada, ayuda, lo sé. Pero, no está en manos de los que a ella acudimos el cambiar su estilo, cambiar a las personas que asisten y, menos aún, cambiar al sacerdote y su forma de comportarse o predicar. Acepta esto con convencimiento: las celebraciones eucarísticas de nuestras parroquias siempre dejarán mucho que desear, siempre podrán ser mejoradas para que dejen aparecer El Espíritu de la Última Cena. 

Nuestras comunidades cristianas, pueden ser defectuosas o mediocres. Y en la Iglesia siempre habrá buenos y malos presidentes de la celebración, acéptalo y suprimirás una de las barreras que impide a algunos cristianos poner el acento en lo fundamental y disfrutar de la Eucaristía.

Pero, a la vez, piensa que detrás de cada celebración... está la presencia del Resucitado que llega hasta tí.

Este bello texto de Paul Jounel te lo explica mejor de lo que yo pueda hacerlo.

Esa asamblea, tan pequeña y tan pobre, como resulta algunas veces, es la imagen de la Iglesia... Ella es la Iglesia.

Y lo es, tanto en esas celebraciones con unos pocos fieles en invierno en una iglesia fría, como en las que aglutinan muchedumbres en los viajes del Papa a través del mundo, porque, en la asamblea, lo que importa ver y contemplar es lo invisible.


Permíteme que, te ofrezca seis consejos muy prácticos para que empieces a disfrutar de la misa. Pon en práctica, ya desde el próximo domingo, los dos o tres que consideres más importantes, y verás los resultados.

No te aburrirás nunca más. Saldrás, además, contento e ilusionado.

Seis consejos con garantía:

1. Mientras vas de casa a la Iglesia «prepara tu corazón». Piensa: «Voy a encontrarme con el Señor y con un grupo de hermanos en la fe; voy a escuchar a Jesús que hoy quiere decirme algo». Pregúntate: «¿De qué le voy a dar gracias a Dios? ¿Qué llevo en mis manos para presentarle hoy?»

2. Sé puntual y colócate en un sitio próximo al altar no en los últimos bancos. Que se haga visible la unidad de todos en la fe y en el amor.

3. Presta atención a las lecturas y a la predicación del sacerdote, y no juzgues si te parece que no es un buen orador, o que dice cosas sin sustancia. No te importe. Con toda certeza, Jesús te quiere decir algo a través de él y hasta te sorprenderá en más de una ocasión. Frecuentemente Dios dice grandes cosas a través de malos predicadores. Y sobre todo, no te dediques a charlar con la persona que tienes al lado, la distraes y también a los que tienes a tu alrededor.

4. Tras haber participado en la Eucaristía, en la comunión, aprovecha los instantes de silencio que se te ofrecen para hablar con el Señor, para darle gracias, para pedir fuerzas y programar la semana que vas a comenzar.

5. Por fin, márcate un pequeño compromiso para la semana próxima. Intenta, desde él, ser más fiel a Jesucristo.

6. Habla con cualquier sacerdote de tu parroquia, coméntale tu caso, lo que quieras. Te va a escuchar con sumo interés y vas a encontrar un gran amigo.

Algunos de estos consejos cambiarán radicalmente tu situación. Es una fórmula que te ayudará a vivir plenamente cada Eucaristía del domingo, sea como sea tu parroquia, se celebre como se celebre la Eucaristía a la que asistes, sea como sea la homilía del sacerdote. 

Tiene la garantía de quienes la pusieron en práctica.